:: El Maestro II parte
Reemplacé en 1962 a Sigfrido Radaelli en una de las jefaturas (así se llamaba el cargo: “Jefe de Cursos y Publicaciones”) del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene que dirigía Zorraquín Becú desde la muerte del ilustre historiador del Derecho cuyo nombre llevaba el Instituto, que había comenzado a funcionar en 1937 y que Levene dirigió desde entonces. Se ocupó de proponer mi nombramiento otro gran maestro de mi vida intelectual, José M. Mariluz Urquijo, que había pertenecido largos años al Instituto bajo la dirección de Levene y que por entonces era profesor titular de Historia Económica en la Facultad de Ciencias Económicas, donde yo era uno de sus adjuntos. Víctor Tau Anzoátegui –de quien me hice gran amigo- ejercía por entonces la otra jefatura del Instituto (“Jefe de Investigaciones”).
Desde entonces quedé vinculado a Zorraquín Becú hasta su muerte, ocurrida el año pasado.
Cuando me incorporé al Instituto, con escasos treinta años, y alguna experiencia docente y de investigación, ya tenía un mejor conocimiento de Ricardo Zorraquín Becú que el que tuve al hacer mis primeras armas en la Facultad. Sabía de sus trabajos, fundamentales para la materia, y me había aprovechado de su producción historiográfica; era pública su invariable línea de conducta, su vida ejemplar, generosamente volcada a la enseñanza y a la investigación, su acrisolada seriedad científica.
Fue uno de mis maestros. Maestro, de una u otra forma, de todos cuantos estábamos vinculados al Instituto que él dirigía o a la cátedra, primero de Introducción al Derecho y después de 1966 de Historia del Derecho Argentino, cuando fue incorporada al plan de estudios aprobado cinco años atrás.
El magisterio de Zorraquín Becú formaba parte de su personalidad generosa sin estridencias y de su respeto por quienes lo rodeábamos. Su enorme bagaje de conocimientos del pasado, su versación sobre la Historia del Derecho, su inmensa experiencia en la enseñanza y su erudición, estaban siempre a disposición de quien lo necesitase, sin retaceos, sin ambigüedades, sin reservas de ninguna naturaleza. Ejercía su magisterio de una manera singular, a veces casi imperceptible.
En un intercambio coloquial muy característico de él, nos orientaba acerca de temas y bibliografía (que manejaba con gran soltura) sobre el tema que nos ocupaba. Al comunicarle nuestros inconvenientes o nuestros avances, Zorraquín se introducía en materia con largos comentarios y consejos sobre obras o temas vinculados, que nosotros reteníamos con la avidez del neófito. Era un conocedor certero de las colecciones documentales, argentinas y extranjeras, que sin duda alguna vez habían pasado por sus manos. Aunque no era un hombre de frecuentar archivos, manejaba las fuentes éditas y la más moderna bibliografía con precisión. No le importunaban ni nuestras preguntas -¡ahora las veo tán elementales!- ni nuestros juicios o comentarios contrarios a sus opiniones -¡a veces tán apresurados!- En otras ocasiones volcaba su magisterio con breves y siempre agudas observaciones sobre nuestra exposición o bien mediante la amable corrección de errores o interpretaciones que juzgaba exageradas o equivocadas. Siempre con una gran prudencia parecía que la corrección le molestase más a él que al corregido. Manejaba los silencios con una elocuencia digna del mejor discurso. El interlocutor sabría interpretarlos. Ponía a disposición de sus discípulos, de sus alumnos y de sus colegas todo su caudal intelectual, para ilustrar, enseñando con la modestia del que mucho sabe. Indicaba el camino correcto, dando por sentado que ya lo conocía el otro, y que tal vez lo había olvidado.
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