:: El Maestro III parte
No era de los que leían los trabajos de sus discípulos, más bien esperaba que se concretasen atendiendo a sus observaciones, para hacer conocer, una vez que hubiesen sido redactados, su opinión enriquecedora. Un magisterio amable y generoso.
Era de esos maestros que ponen señales en las cosas para que otros, sus alumnos o discípulos, las reconozcan y las aprehendan. Enseñaba a pensar, que es la enseñanza más valiosa y la más difícil de lograr.
Pero sobre todo enseñaba con su ejemplo, con su conducta de vida, con la seriedad de sus estudios, con la inteligencia de sus interpretaciones, con sus serenas reflexiones, con la modestia de su grandeza. Era de los maestros que sabían escuchar y se enriquecían junto a sus discípulos compartiendo o no sus juicios, pero animando siempre a continuar. Se entregaba a quienes lo rodeaban y era parte de sus vicisitudes, como si no hubiese diferencias entre unos y otros, ni de edad, ni de jerarquías, ni de conocimientos. Su casa, su biblioteca..., todo estaba a disposición de quien acudía a su magisterio, siempre y generosamente.
Precisamente esa permanente disposición hacia los demás, esa vocación de servicio, le permitió formar un grupo sólido de colegas, discípulos y alumnos que fue invulnerable a contingencia de todo tipo y que lo siguió reverente hasta su muerte. Reconocer su magisterio, era aceptarlo con la facilidad con la que los buenos hijos aceptan el de sus mayores, porque a la consideración que mereció siempre su maestría se unía el convencimiento de que a Ricardo Zorraquín Becú sólo lo guiaba la hidalga ambición de lograr la excelencia del grupo que estaba formado por quienes eran en realidad -y así los sentía él- sus amigos.
un maestro que transitó la vida académica con la soltura y el señorío con la que pasó su larga vida, lejos de rencores o rivalidades empequeñecedoras. Hombre de fe, supo poner en obras sus convicciones más arraigadas y predicó con el ejemplo de una honradez intelectual y personal inigualable.
Su magisterio lo ejerció en cada una de las sociedades científicas que dirigió. Yo lo conocí en la Academia Nacional de la Historia, en el Instituto Ricardo Levene, en éste que es su continuación, en el Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano. En esas funciones directrices dejó su impronta singular y un ejemplo digno de ser continuado.
Estas pocas líneas son harto suficientes para trazar, aun a grandes rasgos, la personalidad del maestro. Me consuelo en la convicción de que siempre serán pocas para Ricardo Zorraquín Becú. Sirvan como mi modesto homenaje en este volumen dedicado a su memoria, del que no quiero estar ausente.
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